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Primer Domingo del Mes de Abib (mes copto):

La Misión de la iglesia al mundo

“Ahora conozco que Jehová salva a su ungido; Lo oirá desde sus santos cielos...” (Sal. 20.6). Es una petición de los servidores.

En el evangelio de la oración de la mañana según San Mateo se expone el encuentro del Señor Jesucristo con sus discípulos después de la resurrección. En este encuentro, el Señor Jesucristo inaugura la iglesia con la sangre del pacto, y la suelta para obrar en el desierto del mundo “... Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.”(Mt. 28. 18-20).

Asi se marchó la iglesia por el orden del Cristo y su potestad, para empezar su marcha en la tierra cruzando el tiempo a la eternidad, bajo la guía del Espíritu Santo, por el Cristo quien le fue dado toda potestad con la resurrección de los muertos. En pocas palabras, el Cristo define a la iglesia su responsabilidad en el discipulado, el bautizo y la enseñanza; “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”.

El evangelio de San Mateo mostró estos mandamientos que hicieron un nuevo comienzo de la historia, y tomó la mano de la Humanidad para conducirla hacia una vida mejor. Con los mandamientos del Cristo, la iglesia se fija en su marcha a lo largo de los días según su promesa; “y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo”. Hay una relación fuerte entre la presencia del Cristo y la guarda de los mandamientos. No hay mención de la ley en el último mandamiento del Cristo sino que “enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado”. La ley completa incluyó todo lo que era en el principio de enseñanzas, y purificó la mente de lo literal y de los mandamientos de la gente; “Pero ahora estamos libres de la ley, por haber muerto para aquella en que estábamos sujetos, de modo que sirvamos bajo el régimen nuevo del Espíritu y no bajo el régimen viejo de la letra.” (Ro. 7. 6). La iglesia lleva la responsabilidad de la salvación al mundo y hasta el fin del mundo.

La Epístola de San Pablo pone los principios y objetivos hasta los derechos de los servidores y de los predicadores del Cristo, después pone los mandamientos para el control del alma para cumplir sus mensajes; “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros, una incorruptible.” (1Co. 9. 25). “sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado.” (1Co. 9. 27).

La Epístola católica define el objetivo de la “predicación en el Espíritu Santo” es la salvación de las almas; “Obteniendo el fin de vuestra fe, que es la salvación de vuestras almas. Los profetas que profetizaron de la gracia destinada a vosotros, inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta salvación, escudriñado qué persona y qué tiempo indicaba el Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de antemano los sufrimientos de Cristo, y las glorias que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo; cosas en las cuales anhelan mirar los ángeles.” (1P. 1. 9-12).

En el evangelio de la oración de la víspera, se menciona la misión de los doce y después en el evangelio de la misa se menciona la misión de los setenta que representa la misión de la iglesia al mundo. Es una misión imposible; “Id; he aquí yo os envió como corderos en medio de lobos.” (Lc. 10. 3). Pero esta misión por el Cristo garantiza el triunfo de los corderos, sino la transferencia de los lobos a corderos con la fuerza de la palabra. Pues con el mantenimiento de los corderos de su naturaleza, mantienen a la iglesia su misterio como lo quería el Cristo, y por eso es necesario oír a sus propios mandamientos de la boca del Cristo. “Y les dijo: No toméis nada para el camino, ni bordón, no alforja, ni pan, ni dinero; ni llevéis dos túnicas.”(Lc. 9. 3).

La iglesia aún enfrenta las mismas circunstancias; “la mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos...” (Lc. 10. 2). Pero el informe final de la misión; “Volvieron los setenta con gozo, diciendo: Señor, aun los demonios se nos sujetan en tu nombre... He aquí os doy potestad de hollar serpientes y escorpiones, y sobre toda fuerza del enemigo, y nada os dañará. Pero no os regocijéis de que los espíritus se os sujetan, sino regocijaos de que vuestros nombres están escritos en los cielos.”(Lc. 10. 17-20).