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La Tercera Semana del Tiempo Pascual: “Venid y ved”

El testimonio al Cristo resucitado de los muertos en el misterio de la Palabra, el agua viva y el don de Dios

“Si, pues, habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios. Poned la mira en las cosas de arriba, no en las de la tierra.” (Col. 3. 1-2). El tema de las lecturas del tiempo pascual es la visión del Cristo vivo resucitado de los muertos. Le hemos conocido durante tres semanas, en nuestra nueva criatura que es conforme a la imagen de su resurrección y en el misterio de la Eucaristía. En las lecturas de la tercera semana, le vemos y le encontramos vivo en su palabra vivificadora, el agua viva. Las lecturas del tercer Domingo concentra en el testimonio a nuestra resurrección en el Cristo, por eso necesitamos haber gustado el don de Dios en la Resurección de los muertos por el Espíritu Santo.

La Epístola de San Pablo pone descripciones de los testigos:

“Porque habéis muerto, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios.” (Col. 3. 3).

“Y revestido del nuevo, el cual conforme a la imagen del que lo creó se va renovando hasta el conocimiento pleno.” (Col. 3. 10).

“Y la paz de Dios gobierne en vuestros corazones, a la que asimismo fuisteis llamados en un solo cuerpo...” (Col. 3. 15). “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros, enseñándoos y exhortándoos unos a otros (el testimonio) en toda sabiduría, cantando con gracia en vuestros corazones al Señor con salmos e himnos y cánticos espirituales.” (Col. 3. 16).

Las dos más importantes condiciones son; Primero: la libración completa del fanatismo; “...donde no hay griego, ni judío, circuncisión ni incircuncisión, bárbaro ni escita, siervo ni libre, sino que Cristo es el todo, y en todos.” (Col. 3. 11).

Segundo: “Y sobre todas estas cosas vestíos de amor, que es el vínculo perfecto.” (Col. 3. 14).

La Epístola católica completa el pensamiento de San Pablo sobre los testigos del Cristo; “Y en esto conocemos que somos de la verdad, y aseguraremos nuestros corazones delante de él.” (1Jn. 3. 19). Pues la presencia de nuestros corazones delante del Cristo es necesaria para testificar al Cristo. La mujer samaritana dejó su cántaro y su corazón abajo de los pies del Cristo para que les llene del agua viva y corrió para predicar a los hombres de su ciudad “Entonces la mujer dejó su cántaro, y fue a la ciudad, y dijo a los hombres:...” (Jn. 4. 28). San Juan aclara que el motivo es el amor: “Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los hermanos.” (1Jn. 3. 14). “En esto hemos conocido el amor, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos.” (1Jn. 3. 16).

Y con este amor la mujer se precipitó testificando a la ciudad del don de Dios que gustó en el amor del Cristo; “Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo cuanto he hecho. ¿No será éste el Cristo?” (Jn. 4. 29). El evangelio de la mujer samaritana es una invitación para ver al Cristo levantado de los muertos. Es el evangelio del don de Dios del cual provino el testimonio y la predicación al Cristo.

El Cristo vino a la mujer samaritana en el lugar de su debilidad, entonces ella le habló orgullosamente del don de su padre Jacob a su hijo José, aquel pozo (el agua del mundo). Entonces el Señor Jesucristo le traslada al don del Padre celestial; el agua viva (el Espíritu Santo). “Respondió Jesús y le dijo: Si conocieras el don de Dios, y quién es el que te dice: Dame de beber; tú le pedirías, y él te daría agua viva.” (Jn. 4. 10). “... Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed; mas el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.” (Jn. 4. 13-14).

La Epístola de los Hechos de los Apóstoles explica el sentido del testimonio a la Resurrección del Cristo, su necesidad, sus motivos y quienes son los testigos; “Y nosotros somos testigos de todas las cosas que Jesús hizo en la tierra de Judea y en Jerusalén; a quien mataron colgándole en un madero. A éste levantó Dios al tercer día, e hizo que se manifestase; no a todo el pueblo, sino a los testigos que Dios había ordenado de antemano, a nosotros que comimos y bebimos con él después que resucitó de los muertos. Y nos mandó que predicásemos al pueblo, y testificásemos que él es el que Dios ha puesto por Juez de vivos y muertos. De éste dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.” (Hch. 10. 39-43).

Estos versos enlazan las lecturas del tercer Domingo.